Jaime Bugatto Manzano es el Bécquer de la Isla, romanticismo puro en una época que vivimos devorada por el negocio de los grupos inversores en sus despachos de moqueta. Él y su cuerpo técnico se elevan como guardianes del sentimiento azulino.
Bugatto labra su gloria en el
fútbol de barro y testosterona. En su breve (pero intenso) currículum la gesta
histórica del ascenso del San Fernando B a la División de Honor Andaluza y el ascenso de 3ª a 2ª Andaluza, fruto
del pico y pala domingo tras domingo, gracias a su inquebrantable
compromiso.
Perdimos a un Bugatto futbolista
con una enorme proyección y ganamos un entrenador de legado azulino, por el
escudo del ancla y el puente y por ese arraigo a su tierra que cada vez es más
difícil de ver en los banquillos.
Para entender el valor y
categoría de Jaime Bugatto hay que entender el concepto de lealtad de palabra
al renovar con el CDSF 1940 y ratificar su compromiso; su identidad cañaílla
que ha devuelto al club un vestuario con acento local y orgullo de pertenencia;
y el honor de aceptar el reto de la Tercera Andaluza sin entender de categoría,
sino solo el peso y medida de los colores que siente.
El verdadero éxito no solo se mide
por títulos en categorías superiores, sino también en la capacidad de generar
ilusión a una afición. ¡ Y lo ha conseguido! Al renovar se mantiene fiel a su
promesa de llevar el CDSF 1940 donde merece estar por derecho. Por eso, al principio lo calificamos de
romántico, porque en este fútbol de sudor limpio, todavía queda un microespacio
para la rebeldía y el honor.
Sufre locura por el fútbol de
cantera. No le tiembla el pulso a dar oportunidades a un juvenil o a un cadete.
No le importa la edad, sino el hambre, el descaro y, por supuesto, el respeto
al escudo del Club Deportivo. Jaime pone
la oportunidad, el resto corre por cuenta de los chavales.
El fútbol no es su trabajo, es su
estado de whatsapp. Su mente no está puesta en los grandes contratos, sino en
conseguir tres puntos en cada partido y en cada campo.
En conclusión, su renovación es un acto de justicia poética para un hombre en el que su diccionario particular no entra la palabra relajación ni rivales pequeños. Su continuidad es la garantía de que el espíritu cañaílla se mantendrá impregnado en el vestuario.
Foto portada: https://patxekita.blogspot.com/
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